Hay recuerdos que suenan como una canción lejana: vuelven sin aviso, se instalan en el pecho y ya no se van.
Migue vive entre acordes, intentando darle forma a un futuro que no termina de encajar. La música es su refugio, su lenguaje secreto, el único lugar donde todo parece tener sentido. Pero incluso ahí, entre notas y ensayos, hay algo que se le escapa.
Entonces aparece Leti.
No como un golpe, sino como un susurro.
Como esa melodía que no sabes cuándo comenzó, pero ya no puedes dejar de escuchar.
Ella se desliza en su vida con una cercanía inquietante, llenando los espacios, acortando las distancias, desarmando certezas. Y lo que al principio parece un juego —una risa, una mirada, un roce que se queda— comienza a tensarse, a vibrar distinto.
Porque hay límites que no desaparecen.
Solo tiemblan.
Tu mano sobre la mía es una historia que se mueve como una canción sobre el deseo que nace en silencio, sobre lo que crece incluso cuando sabemos que no debería.
Y es que hay manos que no tendríamos que tomar…
Pero que, una vez entrelazadas, ya no sabemos cómo soltar.